“Elías era un hombre con debilidades como las nuestras. Con fervor oró que no lloviera, y no llovió sobre la tierra durante tres años y medio. Volvió a orar, y el cielo dio su lluvia y la tierra produjo sus frutos. Hermanos míos, si alguno de vosotros se extravía de la verdad, y otro lo hace volver a ella, recordad que quien hace volver a un pecador de su extravío, le salvará de la muerte y cubrirá muchísimos pecados” – St 5.17-20
En los versos anteriores (5.13-16), como hemos visto, Santiago nos presenta la necesidad de una comunión comprometida y fraterna entre todos los hermanos, fundamentada en una solida espiritualidad. Termina el verso 13 afirmando que “la oración del justo es poderosa y eficaz”. Ahora, como conclusión de su carta, Santiago sigue con el tema de la oración y lo lleva de vuelta al compromiso mutuo entre los hermanos, tema este con el que empezó el verso 13.
Ya no hay mucho que explicar sobre la oración, lo ha dejado muy claro en los versos 13-16. Lo que sí es importante ahora es darnos un ejemplo de una vida de oración: el ejemplo del profeta Elías (su historia la tenemos en 1 Rs 17-19 y el pasaje mencionado por Santiago está en 1 Rs 17.1 y 18.1). Lo más importante sobre Elías no era tanto el poder de su oración, sino que “era un hombre con debilidades como las nuestras”. De hecho tuvo miedo y huyó asustado cuando la reina le amenaza con quitarle la vida tras todos los milagros y victorias que había recibido y se siente deprimido (1 Rs 19.1-10). Pero sus debilidades no lo impidieron de orar con fervor y de servir al Señor con todo su corazón.
Como Elías somos personas que tenemos nuestras debilidades y flaquezas, él no era mejor o más especial que ninguno de nosotros. Debemos mantener firme nuestro compromiso de oración e intercesión unos por otros: se trata de un importante ministerio cristiano que todos hemos recibido de Cristo. Por eso, podemos seguir adelante junto a Dios en comunión comprometida con los demás hermanos (13-16) y en servicio a su causa (19-20).
El servicio a la causa de Dios se relaciona, en gran medida, también con la comunión comprometida. La oración nos compromete con los demás en el sentido de ayudarles a comprender el significado del evangelio redentor de Jesucristo y superar sus pecados entregando sus vidas a Dios. La oración es un ministerio muy importante en la iglesia puesto que nos acerca a las personas. Por tanto, la oración hecha por creyentes conscientes de sus debilidades y pequeñez viene acompañada por la misión y por la evangelización.
¡Sigamos firmes nuestro camino cristiano!
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segunda-feira, 9 de agosto de 2010
quarta-feira, 28 de julho de 2010
Espiritualidad Relacional
“¿Está afligido alguno entre vosotros? Que ore. ¿Está alguno de buen ánimo? Que cante alabanzas. ¿Está enfermo alguno de vosotros? Haga llamar a los ancianos de la iglesia para que oren por él y lo unjan con aceite en el nombre del Señor. La oración de fe sanará al enfermo y el Señor lo levantará. Y si ha pecado, su pecado se le perdonará. Por eso, confesaos unos a otros vuestros pecados, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración del justo es poderosa y eficaz” - St 5.13-16
Hemos visto inicialmente que el texto nos presenta la necesidad de una comunión comprometida y fraterna entre todos los hermanos. Ahora me gustaría enfatizar que esta comunión fraterna está fundamentada en una espiritualidad solida. Los elementos de la espiritualidad cristiana, mencionados por Santiago, la alabanza, la oración, la confesión y el perdón, son ejemplos de una espiritualidad relacional. En otras palabras, la relación de hermandad entre los cristianos se basa en prácticas de espiritualidad que se definen por la relación que mantenemos con Dios y, en consecuencia, con los hermanos.
En ese sentido, creemos que la vida cristiana es fundamentalmente una vida relacional, puesto que tiene sus raíces en la relación establecida entre Dios y nosotros. Ante eso, no podemos vernos como “cristianos aislados”, sino que como “cristianos en comunidad”, cristianos que nos relacionamos con Dios y con los demás hermanos con los que compartimos la misma fe.
Según Santiago, la alabanza es porque algunos están de buen ánimo; la oración es porque otros están enfermos; la confesión y el perdón es porque hubo alguien que ha pecado contra los demás. O sea, nos muestra Santiago que nuestras prácticas de espiritualidad siempre se relacionan con la edificación de una comunidad comprometida mutuamente. Por eso la oración del justo es poderosa y eficaz, porque nos une y cada vez más solidifica nuestros compromisos y fraternidad.
Hemos visto inicialmente que el texto nos presenta la necesidad de una comunión comprometida y fraterna entre todos los hermanos. Ahora me gustaría enfatizar que esta comunión fraterna está fundamentada en una espiritualidad solida. Los elementos de la espiritualidad cristiana, mencionados por Santiago, la alabanza, la oración, la confesión y el perdón, son ejemplos de una espiritualidad relacional. En otras palabras, la relación de hermandad entre los cristianos se basa en prácticas de espiritualidad que se definen por la relación que mantenemos con Dios y, en consecuencia, con los hermanos.
En ese sentido, creemos que la vida cristiana es fundamentalmente una vida relacional, puesto que tiene sus raíces en la relación establecida entre Dios y nosotros. Ante eso, no podemos vernos como “cristianos aislados”, sino que como “cristianos en comunidad”, cristianos que nos relacionamos con Dios y con los demás hermanos con los que compartimos la misma fe.
Según Santiago, la alabanza es porque algunos están de buen ánimo; la oración es porque otros están enfermos; la confesión y el perdón es porque hubo alguien que ha pecado contra los demás. O sea, nos muestra Santiago que nuestras prácticas de espiritualidad siempre se relacionan con la edificación de una comunidad comprometida mutuamente. Por eso la oración del justo es poderosa y eficaz, porque nos une y cada vez más solidifica nuestros compromisos y fraternidad.
Compromiso Mutuo y Fraterno Entre Todos
“¿Está afligido alguno entre vosotros? Que ore. ¿Está alguno de buen ánimo? Que cante alabanzas. ¿Está enfermo alguno de vosotros? Haga llamar a los ancianos de la iglesia para que oren por él y lo unjan con aceite en el nombre del Señor. La oración de fe sanará al enfermo y el Señor lo levantará. Y si ha pecado, su pecado se le perdonará. Por eso, confesaos unos a otros vuestros pecados, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración del justo es poderosa y eficaz” - St 5.13-16
Estas palabras de Santiago, que siempre fueron objetos de muchas interpretaciones, tienen un sentido muy especial en lo que se refiere a la comunión fraterna y comprometida entre los hermanos. El tema principal que le interesa a Santiago no es el poder sanador de la oración y de la unción ni tampoco el de la confesión mutua. Lo que le interesa mostrarnos es tanto la oración y la unción medicinal, al igual que la confesión mutua, solo cobran su verdadero sentido dentro del espacio fraterno y comprometido de la comunión cristiana.
Las preguntas: ¿está alguno afligido?... ¿de buen ánimo?... ¿enfermo?... establecen que la relación entre los hermanos es el fundamento para que oremos, cantemos alabanzas unjamos con aceite medicinal y confesemos. Orar, alabar, ungir o confesar como meras actitudes independientes del contexto fraterno y comunitario se pueden convertir en una espiritualidad vacía cuyo objetivo es la autopromoción de uno mismo sobre los demás.
Sin embargo, cuando la iglesia se fortalece como comunidad en que los hermanos se han comprometido mutuamente, orar por las aflicciones, necesidades y enfermedades por las que todos pasamos es una actitud normal y espiritual. De la misma forma, alegrarse con las victorias y éxitos de los demás y alabar a Dios por eso se convierte en una práctica constante y revitalizante. La oración de los presbíteros conyugada al tratamiento médico disponible (unción con aceite) demuestra el cuidado que se debe prestar a los hermanos. Lo mismo se puede decir de la confesión y del perdón mutuos: confesar y perdonar, cuando actitudes efectivas, nos sanan a todos y son los cimientos necesarios para la construcción de nuestra hermandad cristiana y para que las demás personas vean a Cristo en nuestra comunidad.
La próxima semana seguiremos un poco más con este texto, pero por ahora tengamos en mente la importancia del compromiso mutuo y fraterno entre todos.
Estas palabras de Santiago, que siempre fueron objetos de muchas interpretaciones, tienen un sentido muy especial en lo que se refiere a la comunión fraterna y comprometida entre los hermanos. El tema principal que le interesa a Santiago no es el poder sanador de la oración y de la unción ni tampoco el de la confesión mutua. Lo que le interesa mostrarnos es tanto la oración y la unción medicinal, al igual que la confesión mutua, solo cobran su verdadero sentido dentro del espacio fraterno y comprometido de la comunión cristiana.
Las preguntas: ¿está alguno afligido?... ¿de buen ánimo?... ¿enfermo?... establecen que la relación entre los hermanos es el fundamento para que oremos, cantemos alabanzas unjamos con aceite medicinal y confesemos. Orar, alabar, ungir o confesar como meras actitudes independientes del contexto fraterno y comunitario se pueden convertir en una espiritualidad vacía cuyo objetivo es la autopromoción de uno mismo sobre los demás.
Sin embargo, cuando la iglesia se fortalece como comunidad en que los hermanos se han comprometido mutuamente, orar por las aflicciones, necesidades y enfermedades por las que todos pasamos es una actitud normal y espiritual. De la misma forma, alegrarse con las victorias y éxitos de los demás y alabar a Dios por eso se convierte en una práctica constante y revitalizante. La oración de los presbíteros conyugada al tratamiento médico disponible (unción con aceite) demuestra el cuidado que se debe prestar a los hermanos. Lo mismo se puede decir de la confesión y del perdón mutuos: confesar y perdonar, cuando actitudes efectivas, nos sanan a todos y son los cimientos necesarios para la construcción de nuestra hermandad cristiana y para que las demás personas vean a Cristo en nuestra comunidad.
La próxima semana seguiremos un poco más con este texto, pero por ahora tengamos en mente la importancia del compromiso mutuo y fraterno entre todos.
sexta-feira, 16 de julho de 2010
Una Firme Paciencia por la Acción de Dios
“Sobre todo, hermanos míos, no juréis ni por el cielo ni por la tierra ni por ninguna otra cosa. Que vuestro ‘sí’ sea ‘sí’, y vuestro ‘no’, ‘no’, para que no seáis condenados”
St 5.12
Santiago trata del tema de la paciencia en todo el texto de 5.7-12. Hemos visto que la segunda venida de Cristo es el fundamento para la paciencia cristiana (5.7-8), la importancia de la paciencia mutua entre los hermanos (5.9) y con dos buenos ejemplos bíblicos de paciencia: los profetas y Job (5.10-11). Para concluir el tema de la paciencia cristiana el autor, ahora, nos exhorta a que mantengamos siempre y sobre todo una firme paciencia y espera por la acción de Dios.
La forma como nos presenta esta idea es muy interesante. Santiago simplemente establece el “sí” como señal de la firme paciencia y el “no” como indicador de que ya no esperamos por la acción de Dios, sino que hemos tomado bajo nuestra responsabilidad el rumbo de nuestras vidas. Muchos de nosotros entienden el “sí” y el “no” como la forma que debemos relacionarnos con los demás, diciéndoles abiertamente a la cara y sin fingimientos lo que pensamos. Sin embargo, el sentido del texto nos lleva por otro camino.
El “no” se relaciona con “no juréis ni por el cielo ni por la tierra ni por ninguna otra cosa”. El “no” tiene que ver con no asumir uno posiciones en que nos comprometemos con cualquiera otras supuestas entidades que existan en el cielo o en la tierra que avale nuestras decisiones y caminos que no sea Dios. En ese sentido, el “no” es absoluto: de ninguna manera vamos a buscar y a comprometernos con dioses o sistemas humanos que sean que nos prometen alcanzar nuestros ideales humanos y ensueños sin mucho esfuerzo y rápidamente.
El “sí”, por otro lado, se trata de una aceptación incondicional de espera por la voluntad y la acción de Dios, comprometiendo nuestra vida presente y futura en sus manos. Al igual que el “no”, el “sí” también es una actitud absoluta de confianza en Dios. Con toda nuestra fuerza y paciencia esperamos y buscamos la voluntad de Dios a su tiempo y a su manera.
El “sí” y el “no” son actitudes complementarias y juntas reflejan la firme paciencia, confianza y espera por Dios. Siempre queremos encontrar los atajos para que lleguemos pronto adónde queremos, pero en la vida cristiana lo que debe prevalecer no son nuestros deseos sino que la voluntad de Dios. Esperar pacientemente por su acción es el camino seguro que no nos conducirá jamás a la condenación sino que a la plenitud de vida. ¡Esperemos confiadamente en nuestro Dios!
St 5.12
Santiago trata del tema de la paciencia en todo el texto de 5.7-12. Hemos visto que la segunda venida de Cristo es el fundamento para la paciencia cristiana (5.7-8), la importancia de la paciencia mutua entre los hermanos (5.9) y con dos buenos ejemplos bíblicos de paciencia: los profetas y Job (5.10-11). Para concluir el tema de la paciencia cristiana el autor, ahora, nos exhorta a que mantengamos siempre y sobre todo una firme paciencia y espera por la acción de Dios.
La forma como nos presenta esta idea es muy interesante. Santiago simplemente establece el “sí” como señal de la firme paciencia y el “no” como indicador de que ya no esperamos por la acción de Dios, sino que hemos tomado bajo nuestra responsabilidad el rumbo de nuestras vidas. Muchos de nosotros entienden el “sí” y el “no” como la forma que debemos relacionarnos con los demás, diciéndoles abiertamente a la cara y sin fingimientos lo que pensamos. Sin embargo, el sentido del texto nos lleva por otro camino.
El “no” se relaciona con “no juréis ni por el cielo ni por la tierra ni por ninguna otra cosa”. El “no” tiene que ver con no asumir uno posiciones en que nos comprometemos con cualquiera otras supuestas entidades que existan en el cielo o en la tierra que avale nuestras decisiones y caminos que no sea Dios. En ese sentido, el “no” es absoluto: de ninguna manera vamos a buscar y a comprometernos con dioses o sistemas humanos que sean que nos prometen alcanzar nuestros ideales humanos y ensueños sin mucho esfuerzo y rápidamente.
El “sí”, por otro lado, se trata de una aceptación incondicional de espera por la voluntad y la acción de Dios, comprometiendo nuestra vida presente y futura en sus manos. Al igual que el “no”, el “sí” también es una actitud absoluta de confianza en Dios. Con toda nuestra fuerza y paciencia esperamos y buscamos la voluntad de Dios a su tiempo y a su manera.
El “sí” y el “no” son actitudes complementarias y juntas reflejan la firme paciencia, confianza y espera por Dios. Siempre queremos encontrar los atajos para que lleguemos pronto adónde queremos, pero en la vida cristiana lo que debe prevalecer no son nuestros deseos sino que la voluntad de Dios. Esperar pacientemente por su acción es el camino seguro que no nos conducirá jamás a la condenación sino que a la plenitud de vida. ¡Esperemos confiadamente en nuestro Dios!
Ejemplos de Paciencia
“Hermanos, tomad como ejemplo de sufrimiento y de paciencia a los profetas que hablaron en el nombre del Señor. En verdad, consideramos dichosos a los que perseveraron. Habéis oído hablar de la perseverancia de Job, y habéis visto lo que al final le dio el Señor. Es que el Señor es muy compasivo y misericordioso”
St 5.10-11
Seguimos en la sesión del texto en que Santiago trata del tema de la paciencia (5.7-12) donde ya hemos comentado sobre la segunda venida de Cristo como la base para la paciencia (5.7-8) y sobre la importancia de la paciencia mutua entre los hermanos (5.9). Ahora, siguiendo el raciocinio del autor, nos deparamos con ejemplos de paciencia: los profetas y Job.
Lo que Santiago quiere ejemplificar no es solo la paciencia, sino que la paciencia y el sufrimiento o, en otras palabras, la paciencia para soportar el sufrimiento. Sufrir por un ideal parece que ya no hace parte más de lo que las personas consideran como virtud, más bien es visto como algo totalmente ultrapasado en días como los nuestros en que lo que nos importa de verdad es pasárnoslo bien a todo coste. Pero Santiago no se refiere al sufrimiento por un ideal que tengamos, ni al sufrimiento como consecuencia de nuestras malas decisiones en la vida, sino que al sufrimiento de los que se comprometieron en hablar en el nombre del Señor.
Se trata, por tanto, de una clase de sufrimiento que nos puede venir cuando mantenemos firmes el compromiso de vivir y expresar la palabra de Dios, como lo hicieron los antiguos profetas. En sus vidas la paciencia se transformó y se manifestó en la forma de perseverancia. Job ha sido el elegido por Santiago como el representante de todos los profetas y siervos de Dios del pasado en cuanto a la perseverancia. Ha sufrido mucho por mantener encendida la llama del amor de Dios en su vida aun que perdiera a sus hijos, a sus bienes y a su salud, pero conociendo su historia sabemos que al final sus palabras demuestran se ha encontrado verdaderamente con Dios y su misericordia: “yo sé bien que tú lo puedes todo, que no es posible frustrar ninguno de tus planes… De oídas había oído hablar de ti, pero ahora te veo con mis propios ojos” (Job 42.2,5).
Podemos encontrar a Dios en medio del sufrimiento y de los problemas cuando sufrimos por amor a él y a los principios de su palabra. Encontramos a su renovada compasión y misericordia cuando perseveramos pacientemente y aguardamos por los caminos de Dios en nuestras vidas. ¡Que Dios nos bendiga dándonos más paciencia cada día!
St 5.10-11
Seguimos en la sesión del texto en que Santiago trata del tema de la paciencia (5.7-12) donde ya hemos comentado sobre la segunda venida de Cristo como la base para la paciencia (5.7-8) y sobre la importancia de la paciencia mutua entre los hermanos (5.9). Ahora, siguiendo el raciocinio del autor, nos deparamos con ejemplos de paciencia: los profetas y Job.
Lo que Santiago quiere ejemplificar no es solo la paciencia, sino que la paciencia y el sufrimiento o, en otras palabras, la paciencia para soportar el sufrimiento. Sufrir por un ideal parece que ya no hace parte más de lo que las personas consideran como virtud, más bien es visto como algo totalmente ultrapasado en días como los nuestros en que lo que nos importa de verdad es pasárnoslo bien a todo coste. Pero Santiago no se refiere al sufrimiento por un ideal que tengamos, ni al sufrimiento como consecuencia de nuestras malas decisiones en la vida, sino que al sufrimiento de los que se comprometieron en hablar en el nombre del Señor.
Se trata, por tanto, de una clase de sufrimiento que nos puede venir cuando mantenemos firmes el compromiso de vivir y expresar la palabra de Dios, como lo hicieron los antiguos profetas. En sus vidas la paciencia se transformó y se manifestó en la forma de perseverancia. Job ha sido el elegido por Santiago como el representante de todos los profetas y siervos de Dios del pasado en cuanto a la perseverancia. Ha sufrido mucho por mantener encendida la llama del amor de Dios en su vida aun que perdiera a sus hijos, a sus bienes y a su salud, pero conociendo su historia sabemos que al final sus palabras demuestran se ha encontrado verdaderamente con Dios y su misericordia: “yo sé bien que tú lo puedes todo, que no es posible frustrar ninguno de tus planes… De oídas había oído hablar de ti, pero ahora te veo con mis propios ojos” (Job 42.2,5).
Podemos encontrar a Dios en medio del sufrimiento y de los problemas cuando sufrimos por amor a él y a los principios de su palabra. Encontramos a su renovada compasión y misericordia cuando perseveramos pacientemente y aguardamos por los caminos de Dios en nuestras vidas. ¡Que Dios nos bendiga dándonos más paciencia cada día!
La Paciencia Entre los Hermanos
“No os quejéis unos de otros, hermanos, para que no seáis juzgados. ¡El juez ya está a la puerta! - St 5.9
Estamos en una sesión de la carta de Santiago (5.7-12) en la que el autor trata de algunas dimensiones importantes de la paciencia en la vida cristiana. En los versos 7-8 vimos que la venida de Cristo es el fundamento esencial para la paciencia. Ahora, en el verso 9, aunque la palabra “paciencia” no aparece, nos deparamos con una dimensión muy práctica de este tema: la paciencia entre los hermanos.
Santiago nos exhorta a que no nos quejemos unos de otros, puesto que esta práctica está condenada por el Señor y los que se entregan a ella seguramente serán juzgados por el juez que ya está a la puerta. Nos parece una exhortación muy interesante una vez que las quejas entre hermanos ya se convirtieron en algo tan común que ni nos damos cuenta de que somos adictos a ellas.
La forma como Santiago trata la cuestión de las quejas entre los hermanos se relaciona con el juicio que tendrá lugar cuando venga Cristo por segunda vez. La segunda venida de Cristo (v.8) se convierte tanto en el fundamento para los cristianos de una espera paciente por la acción de Dios (v.7-8), como de juicio para los que se entregan a las constantes, amargas y envidiosas quejas de los demás.
Ante eso, la paciencia mutua es una virtud cristiana que la debemos buscar incesantemente. ¿Quejas o paciencia? Esta puede ser una cuestión clave para las relaciones entre los hermanos y para nuestras relaciones con todas las demás personas. La paciencia mutua es el resultado de la gracia de Dios en la vida de todos nosotros y, en consecuencia, genera una comunidad pautada por la comunión verdadera y por el compromiso mutuo. La paciencia con los hermanos crea un ambiente donde la vida, tal como Dios nos la propone en el evangelio, puede manifestarse y fructificar de manera creciente, abriendo puertas para que la sociedad y el mundo vean la gracia salvadora de Cristo concretamente manifestada en la forma como nos relacionamos y nos comprometemos los unos con los otros. La paciencia con los hermanos, por tanto, es evangelizadora. Aprendamos con Cristo, día a día, a crecer en paciencia con los hermanos.
Estamos en una sesión de la carta de Santiago (5.7-12) en la que el autor trata de algunas dimensiones importantes de la paciencia en la vida cristiana. En los versos 7-8 vimos que la venida de Cristo es el fundamento esencial para la paciencia. Ahora, en el verso 9, aunque la palabra “paciencia” no aparece, nos deparamos con una dimensión muy práctica de este tema: la paciencia entre los hermanos.
Santiago nos exhorta a que no nos quejemos unos de otros, puesto que esta práctica está condenada por el Señor y los que se entregan a ella seguramente serán juzgados por el juez que ya está a la puerta. Nos parece una exhortación muy interesante una vez que las quejas entre hermanos ya se convirtieron en algo tan común que ni nos damos cuenta de que somos adictos a ellas.
La forma como Santiago trata la cuestión de las quejas entre los hermanos se relaciona con el juicio que tendrá lugar cuando venga Cristo por segunda vez. La segunda venida de Cristo (v.8) se convierte tanto en el fundamento para los cristianos de una espera paciente por la acción de Dios (v.7-8), como de juicio para los que se entregan a las constantes, amargas y envidiosas quejas de los demás.
Ante eso, la paciencia mutua es una virtud cristiana que la debemos buscar incesantemente. ¿Quejas o paciencia? Esta puede ser una cuestión clave para las relaciones entre los hermanos y para nuestras relaciones con todas las demás personas. La paciencia mutua es el resultado de la gracia de Dios en la vida de todos nosotros y, en consecuencia, genera una comunidad pautada por la comunión verdadera y por el compromiso mutuo. La paciencia con los hermanos crea un ambiente donde la vida, tal como Dios nos la propone en el evangelio, puede manifestarse y fructificar de manera creciente, abriendo puertas para que la sociedad y el mundo vean la gracia salvadora de Cristo concretamente manifestada en la forma como nos relacionamos y nos comprometemos los unos con los otros. La paciencia con los hermanos, por tanto, es evangelizadora. Aprendamos con Cristo, día a día, a crecer en paciencia con los hermanos.
segunda-feira, 28 de junho de 2010
¡Esperar Pacientemente!
“Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad como espera el agricultor a que su tierra dé su precioso fruto y con qué paciencia aguarda la temporada de lluvia. Así también vosotros, manteneos firmes y aguardad con paciencia la venida del Señor, que ya se acerca.” - St 5.7-8
En los versos 7-12 Santiago trata de distintas dimensiones del tema de la paciencia en la vida cristiana. Con total certeza es un tema de mucha pertinencia para nosotros hoy día, simplemente por vivir en una época en que la paciencia no está vista como una virtud que hay que cultivar; antes, vivimos en un momento en que las personas quieren satisfacer a sus egos de inmediato y a toda costa. Así, nos proponemos a ver, paso a paso, las dimensiones de la paciencia para la vida cristiana según las palabras de Santiago.
En el texto de hoy (5.7-8) el autor trata de presentarnos el fundamento más esencial para la paciencia: la venida de Cristo. Como cristianos sabemos que Cristo volverá, conforme su propia promesa – Mt 24.29-31, para el encuentro definitivo con su iglesia, para el juicio final y para establecer el destino eterno de todos los seres humanos. Pero como no sabemos cuándo se dará su venida, no hay otra alternativa que desarrollar la práctica de la paciencia y de la espera. Esperar pacientemente, por tanto, es parte fundamental de la vida cristiana cotidiana y de su espiritualidad.
El ejemplo del agricultor que, en aquel entonces en una región de mucha sequía, no tenía otro remedio que aguardar con paciencia por las lluvias para que así pudiera dar de comer a su familia, demuestra claramente la importancia de que la paciencia cristiana está muy bien fundamentada en la esperanza de la venida de Cristo. Si no nutrimos con paciencia nuestra espera por la vuelta de Cristo, ¿cómo sabremos esperar por las cosas que nos están más cercas?
Al no aprender a esperar pacientemente por la acción de Dios, la espera ansiosa y corrosiva que muchas veces nutrimos en relación a todas las cosas que nos rodean y nos son de importancia se transforma en un gran peligro para la paciencia sana que deposita sus expectativas en las seguras manos de Cristo. La medida, por tanto, para todas nuestras esperas personales cuanto a cuestiones de familia, trabajo, salud y otras es la paciencia con que aguardamos el retorno de Jesucristo que se acerca cada día más. ¡Que Dios nos guie cada día y nos ayude a esperar con paciencia por su obra!
En los versos 7-12 Santiago trata de distintas dimensiones del tema de la paciencia en la vida cristiana. Con total certeza es un tema de mucha pertinencia para nosotros hoy día, simplemente por vivir en una época en que la paciencia no está vista como una virtud que hay que cultivar; antes, vivimos en un momento en que las personas quieren satisfacer a sus egos de inmediato y a toda costa. Así, nos proponemos a ver, paso a paso, las dimensiones de la paciencia para la vida cristiana según las palabras de Santiago.
En el texto de hoy (5.7-8) el autor trata de presentarnos el fundamento más esencial para la paciencia: la venida de Cristo. Como cristianos sabemos que Cristo volverá, conforme su propia promesa – Mt 24.29-31, para el encuentro definitivo con su iglesia, para el juicio final y para establecer el destino eterno de todos los seres humanos. Pero como no sabemos cuándo se dará su venida, no hay otra alternativa que desarrollar la práctica de la paciencia y de la espera. Esperar pacientemente, por tanto, es parte fundamental de la vida cristiana cotidiana y de su espiritualidad.
El ejemplo del agricultor que, en aquel entonces en una región de mucha sequía, no tenía otro remedio que aguardar con paciencia por las lluvias para que así pudiera dar de comer a su familia, demuestra claramente la importancia de que la paciencia cristiana está muy bien fundamentada en la esperanza de la venida de Cristo. Si no nutrimos con paciencia nuestra espera por la vuelta de Cristo, ¿cómo sabremos esperar por las cosas que nos están más cercas?
Al no aprender a esperar pacientemente por la acción de Dios, la espera ansiosa y corrosiva que muchas veces nutrimos en relación a todas las cosas que nos rodean y nos son de importancia se transforma en un gran peligro para la paciencia sana que deposita sus expectativas en las seguras manos de Cristo. La medida, por tanto, para todas nuestras esperas personales cuanto a cuestiones de familia, trabajo, salud y otras es la paciencia con que aguardamos el retorno de Jesucristo que se acerca cada día más. ¡Que Dios nos guie cada día y nos ayude a esperar con paciencia por su obra!
segunda-feira, 21 de junho de 2010
La Vida Cristiana y el Acumulo de Bienes
“Ahora escuchad, vosotros los ricos: ¡llorad a gritos por las calamidades que se os vienen encima! Se ha podrido vuestra riqueza, y vuestras ropas están comidas por la polilla. Se han oxidado vuestro oro y vuestra plata. Ese óxido dará testimonio contra vosotros y consumirá como fuego vuestros cuerpos. Habéis amontonado riquezas, ¡y eso que estamos en los últimos tiempos! Oíd como clama contra vosotros el salario no pagado a los obreros que trabajaron vuestros campos. El clamor de esos trabajadores ha llegado a oídos del Señor Todopoderoso. Vosotros habéis llevado en este mundo una vida de lujo y de placer desenfrenado. Lo que habéis hecho es engordar para el día de la matanza. Habéis condenado y matado al justo sin que él os ofreciera resistencia” - St 5.1-6
Duro es este discurso de Santiago, tanto para sus primeros lectores como para nosotros hoy. Se trata de describir, incluso de forma poética, las consecuencias de ponerse el corazón y la confianza en las riquezas materiales. Santiago nos habla de dos clamores básicos contra los ricos:
a) El clamor contra creerse uno que las riquezas son infinitas y que nos traen una total seguridad. Cuanto a eso el autor es muy claro: la riqueza se pudre, las ropas son comidas por las polillas, el oro y la plata se oxidan. Eso describe de forma muy intensa y directa el corazón oxidado y podrido de los que buscan en las riquezas su propio dios, sin poner la debida atención a que “estamos en los últimos tiempos”, o sea, a que es ahora el tiempo en que debemos buscar a Dios en arrepentimiento y poner sobre él toda nuestra esperanza, confianza, fe y amor.
b) El clamor contra la forma injusta en que uno acumula sus bienes. El salario no pagado, o pagado con injusticia, de los obreros que trabajan para nosotros (directa o indirectamente), los daños injustos que se los imponemos y el desenfreno y lujuria con la que vivimos, llega siempre a los oídos del Todopoderoso. Aun que seamos muy religiosos, ciertamente esa situación será considerada en el juicio final como un testimonio en contra de nosotros mismos.
El mensaje del texto es muy pertinente para nuestros días, cuando la búsqueda desenfrenada por dinero y bienes parece haber alcanzado niveles estratosféricos. Son días en que la ética cristiana solo sirve como adorno y cosmético, sin que tenga efecto alguno sobre la forma como llevamos nuestros negocios y nos relacionamos con los bienes, las personas y el consumo. Es como si fuéramos dinero… y solo pensáramos en los bienes que deseamos… como si oliéramos a dinero las 24 H… aunque no lo poseamos. O sea, no es tanto el tener muchas riquezas, más bien el desearlas apasionada y religiosamente y hacer lo que sea para tenerlas y por fin ser controlados por sus demandas.
Es hora de revisar nuestros valores cristianos y principios éticos. Es hora de testificar el verdadero evangelio con nuestras vidas y decisiones a este “mundo-dinero” en el que vivimos.
Duro es este discurso de Santiago, tanto para sus primeros lectores como para nosotros hoy. Se trata de describir, incluso de forma poética, las consecuencias de ponerse el corazón y la confianza en las riquezas materiales. Santiago nos habla de dos clamores básicos contra los ricos:
a) El clamor contra creerse uno que las riquezas son infinitas y que nos traen una total seguridad. Cuanto a eso el autor es muy claro: la riqueza se pudre, las ropas son comidas por las polillas, el oro y la plata se oxidan. Eso describe de forma muy intensa y directa el corazón oxidado y podrido de los que buscan en las riquezas su propio dios, sin poner la debida atención a que “estamos en los últimos tiempos”, o sea, a que es ahora el tiempo en que debemos buscar a Dios en arrepentimiento y poner sobre él toda nuestra esperanza, confianza, fe y amor.
b) El clamor contra la forma injusta en que uno acumula sus bienes. El salario no pagado, o pagado con injusticia, de los obreros que trabajan para nosotros (directa o indirectamente), los daños injustos que se los imponemos y el desenfreno y lujuria con la que vivimos, llega siempre a los oídos del Todopoderoso. Aun que seamos muy religiosos, ciertamente esa situación será considerada en el juicio final como un testimonio en contra de nosotros mismos.
El mensaje del texto es muy pertinente para nuestros días, cuando la búsqueda desenfrenada por dinero y bienes parece haber alcanzado niveles estratosféricos. Son días en que la ética cristiana solo sirve como adorno y cosmético, sin que tenga efecto alguno sobre la forma como llevamos nuestros negocios y nos relacionamos con los bienes, las personas y el consumo. Es como si fuéramos dinero… y solo pensáramos en los bienes que deseamos… como si oliéramos a dinero las 24 H… aunque no lo poseamos. O sea, no es tanto el tener muchas riquezas, más bien el desearlas apasionada y religiosamente y hacer lo que sea para tenerlas y por fin ser controlados por sus demandas.
Es hora de revisar nuestros valores cristianos y principios éticos. Es hora de testificar el verdadero evangelio con nuestras vidas y decisiones a este “mundo-dinero” en el que vivimos.
quinta-feira, 10 de junho de 2010
¿Qué es Nuestra Vida?
“Ahora escuchad esto, vosotros que decís: ‘Hoy o mañana iremos a tal o cual ciudad, pasaremos allí un año, haremos negocios y ganaremos dinero’. ¡Y eso que ni siquiera sabéis qué sucederá mañana! ¿Qué es vuestra vida? Sois como la niebla, que aparece por un momento y luego se desvanece. Más bien, deberíais decir: ‘Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello’. Pero ahora os jactáis en vuestras fanfarronerías. Toda esta jactancia es mala. Así que comete pecado todo el que sabe hacer el bien y no lo hace”
St 4.13-17
Estamos ante un texto muy interesante que nos plantea preguntas importantes cuando a nuestra vida y relación con Dios. Según Santiago, muchos de nosotros cristianos hacemos planes cuanto al futuro sin reconocer que tanto el futuro cuanto nuestras propias vidas están en manos de Dios. Hay que observar, sin embargo, que el autor del texto no se refiere a los planes normales que uno pueda hacer, sino que relaciona estrictamente el planear el día de mañana con jactarnos en nuestras fanfarronerías. Lo malo (pecaminoso) son los planes jactanciosos y fanfarrones.
Esta clase de pecado se fundamenta en que uno planea el futuro presumiéndose de ser el dueño de su propia vida, como si todo estuviera bajo nuestro control, sin reconocer humildemente que cada día está determinado y en manos de Dios, como lo leemos en el Sl 139.1-3: “Señor, tú me examinas, tú me conoces. Sabes cuándo me siento y cuándo me levanto; aun en la distancia me lees el pensamiento. Mis trajines y descansos los conoces; todos mis caminos te son familiares”.
¿Qué es vuestra vida? Esta es la pregunta clave que nos hace Santiago aquí. Y su respuesta no debería sorprendernos: somos como la niebla que aparece y luego se desvanece. Al reconocer nuestra finitud, temporalidad y limitaciones humanas deberíamos reconocer que todos nuestros planes y nuestra vida están bajo la voluntad y el cuidado de Dios. “El hombre propone y Dios dispone. A cada uno le parece correcto su proceder, pero el Señor juzga los motivos” (Pv 16.1-2).
Conocemos el bien y sabemos que Dios es el supremo bien. Por eso, tenemos la oportunidad y la responsabilidad de vivir bajo la voluntad de Dios cada día de nuestras vidas. Planear nuestra vida es algo normal, pero lo debemos hacer no con la pretensión y el orgullo de que dependemos de nosotros mismos, sino que reconociendo que somos pequeños y que en todo dependemos de Dios, de sus principios y de su voluntad. Sometamos nuestros planes y ensueños a la buena, agradable y perfecta voluntad de Dios.
St 4.13-17
Estamos ante un texto muy interesante que nos plantea preguntas importantes cuando a nuestra vida y relación con Dios. Según Santiago, muchos de nosotros cristianos hacemos planes cuanto al futuro sin reconocer que tanto el futuro cuanto nuestras propias vidas están en manos de Dios. Hay que observar, sin embargo, que el autor del texto no se refiere a los planes normales que uno pueda hacer, sino que relaciona estrictamente el planear el día de mañana con jactarnos en nuestras fanfarronerías. Lo malo (pecaminoso) son los planes jactanciosos y fanfarrones.
Esta clase de pecado se fundamenta en que uno planea el futuro presumiéndose de ser el dueño de su propia vida, como si todo estuviera bajo nuestro control, sin reconocer humildemente que cada día está determinado y en manos de Dios, como lo leemos en el Sl 139.1-3: “Señor, tú me examinas, tú me conoces. Sabes cuándo me siento y cuándo me levanto; aun en la distancia me lees el pensamiento. Mis trajines y descansos los conoces; todos mis caminos te son familiares”.
¿Qué es vuestra vida? Esta es la pregunta clave que nos hace Santiago aquí. Y su respuesta no debería sorprendernos: somos como la niebla que aparece y luego se desvanece. Al reconocer nuestra finitud, temporalidad y limitaciones humanas deberíamos reconocer que todos nuestros planes y nuestra vida están bajo la voluntad y el cuidado de Dios. “El hombre propone y Dios dispone. A cada uno le parece correcto su proceder, pero el Señor juzga los motivos” (Pv 16.1-2).
Conocemos el bien y sabemos que Dios es el supremo bien. Por eso, tenemos la oportunidad y la responsabilidad de vivir bajo la voluntad de Dios cada día de nuestras vidas. Planear nuestra vida es algo normal, pero lo debemos hacer no con la pretensión y el orgullo de que dependemos de nosotros mismos, sino que reconociendo que somos pequeños y que en todo dependemos de Dios, de sus principios y de su voluntad. Sometamos nuestros planes y ensueños a la buena, agradable y perfecta voluntad de Dios.
quinta-feira, 27 de maio de 2010
¿Quienes Somos Para Juzgar al Prójimo?
“Hermanos, no habléis mal unos de otros. Si alguien habla mal de su hermano, o lo juzga, habla mal de la ley y la juzga. Y si juzgas la ley, ya no eres cumplidor de la ley, sino su juez. No hay más que un solo legislador y juez, aquel que puede salvar y destruir. Tú, en cambio, ¿quién eres para juzgar a tu prójimo?
St 4.11-12
Santiago se preocupa en mostrarnos que nuestro amor y amistad solo los podemos dar a Dios y no al mundo o al pecado (4.4-6). Dedicar nuestro amor a Dios es posible porque él nos concede su gracia que se manifiesta por medio de nuestra humildad ante él (4.6), lo que tiene claras implicaciones éticas hacia uno mismo (4.7-10) y hacia los demás (4.11-12).
El texto que tenemos ahora trata de las implicaciones éticas en el plan relacional de la permanente actitud de humildad ante Dios. El escritor empieza dándole directo al clavo: no podemos hablar mal unos de otros, puesto que eso nos convierte en jueces de la ley de Dios y nos consideraríamos como superiores a esa ley y, en consecuencia, al propio Dios. Ese sentimiento de orgullo y soberbia hacia a Dios y a su ley (4.6) ciertamente rompe con la comunión que debemos mantener con los hermanos, además de que conquistamos contra nosotros la oposición abierta y declarada de Dios (4.6).
El raciocinio de Santiago está muy claramente explicado en el texto: juzgar y murmurar contra un hermano significa que juzgamos y murmuramos contra la ley de Dios y no la vivimos bajo su cumplimiento. La relación de amor y humildad que mantenemos con Dios, fruto de su gracia en nuestra vida, se compromete completamente cuando dejamos de cumplir y vivir su palabra y nos juzgamos superiores a esta palabra y al propio Dios.
Sin embargo, dice Santiago que solo Dios está a la altura de su palabra por ser su único legislador y juez, solo él puede salvar y destruir, solo él pudo legislar y revelar a su palabra (Biblia) y es el único que nos puede juzgar debidamente a la luz de su palabra en nuestra vida. En ese sentido, la humildad y el amor que rendimos a Dios nos preserva que, en términos de nuestra relación con Dios y nuestro destino eterno, otros legislen sobre nuestra vida y nos juzguen. Pero, de igual manera, ¿quién somos nosotros para que juzguemos a los demás?
Esa es la pregunta con que Santiago concluye su raciocinio aquí. Lo más importante en nuestra relación de amor y humildad con Dios no es que estemos libres de que otros juzguen nuestras actitudes, sino que estemos libres para no juzgar (¡ni salvar ni destruir! – 4.12) a nuestros hermanos. Por estar bajo la gracia de Dios y en permanente relación de amor y humildad con él, nuestra relación con los demás será pautada por valores éticos que se derivan de la palabra de Dios. Por eso, uno tiene que preguntarse a diario: “¿quién eres para juzgar a tu prójimo?
St 4.11-12
Santiago se preocupa en mostrarnos que nuestro amor y amistad solo los podemos dar a Dios y no al mundo o al pecado (4.4-6). Dedicar nuestro amor a Dios es posible porque él nos concede su gracia que se manifiesta por medio de nuestra humildad ante él (4.6), lo que tiene claras implicaciones éticas hacia uno mismo (4.7-10) y hacia los demás (4.11-12).
El texto que tenemos ahora trata de las implicaciones éticas en el plan relacional de la permanente actitud de humildad ante Dios. El escritor empieza dándole directo al clavo: no podemos hablar mal unos de otros, puesto que eso nos convierte en jueces de la ley de Dios y nos consideraríamos como superiores a esa ley y, en consecuencia, al propio Dios. Ese sentimiento de orgullo y soberbia hacia a Dios y a su ley (4.6) ciertamente rompe con la comunión que debemos mantener con los hermanos, además de que conquistamos contra nosotros la oposición abierta y declarada de Dios (4.6).
El raciocinio de Santiago está muy claramente explicado en el texto: juzgar y murmurar contra un hermano significa que juzgamos y murmuramos contra la ley de Dios y no la vivimos bajo su cumplimiento. La relación de amor y humildad que mantenemos con Dios, fruto de su gracia en nuestra vida, se compromete completamente cuando dejamos de cumplir y vivir su palabra y nos juzgamos superiores a esta palabra y al propio Dios.
Sin embargo, dice Santiago que solo Dios está a la altura de su palabra por ser su único legislador y juez, solo él puede salvar y destruir, solo él pudo legislar y revelar a su palabra (Biblia) y es el único que nos puede juzgar debidamente a la luz de su palabra en nuestra vida. En ese sentido, la humildad y el amor que rendimos a Dios nos preserva que, en términos de nuestra relación con Dios y nuestro destino eterno, otros legislen sobre nuestra vida y nos juzguen. Pero, de igual manera, ¿quién somos nosotros para que juzguemos a los demás?
Esa es la pregunta con que Santiago concluye su raciocinio aquí. Lo más importante en nuestra relación de amor y humildad con Dios no es que estemos libres de que otros juzguen nuestras actitudes, sino que estemos libres para no juzgar (¡ni salvar ni destruir! – 4.12) a nuestros hermanos. Por estar bajo la gracia de Dios y en permanente relación de amor y humildad con él, nuestra relación con los demás será pautada por valores éticos que se derivan de la palabra de Dios. Por eso, uno tiene que preguntarse a diario: “¿quién eres para juzgar a tu prójimo?
¡Sigamos los Pasos de la Humildad!
“Así que someteos a Dios. Resistid al diablo, y él huirá de vosotros. Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. ¡Pecadores, limpiaos las manos! ¡Vosotros los inconstantes, purificad vuestro corazón! Reconoced vuestras miserias, llorad y lamentaos. Que vuestra risa se convierta en llanto, y vuestra alegría en tristeza. Humillaos delante del Señor, y él os exaltará”
St 4.7-10
Nuestra amistad y amor no las podemos dar al mundo (pecado) sino que solo a Dios, nuestro Señor y Salvador, como lo hemos visto en el texto anterior (4.4-6). La base para que dediquemos nuestro amor solo a Dios es la gracia que de él recibimos cuando asumimos una postura de humildad ante él y no de soberbia u orgullo (4.6). Esa actitud de permanente humildad conlleva varias implicaciones para nuestras vidas. Las podemos ver separadas en dos grupos: el primer a nivel personal (4.7-10) y el segundo en plan relacional (4.11-12). Empezaremos con el primer grupo.
El texto se compone de una interesante lista de actitudes personales que asumimos en consecuencia de la gracia recibida de Dios mediante la humildad con que le buscamos a diario. Las expresiones “someteos a Dios”, “resistid al diablo”, “acercaos a Dios”, “limpiaos las manos”, “purificad vuestro corazón” y “reconoced vuestras miserias” se relacionan y están en directa proporción con la afirmación final: “humillaos delante del Señor, y él os exaltará”, una repetición de la parte final de la cita de 4.6.
A nivel personal, por tanto, la humildad puede ser definida como la búsqueda más constante y profunda de Dios, una búsqueda que encuentra su objetivo puesto que la gracia de Dios se extiende como la plataforma desde dónde le buscamos y le encontramos. La humildad, como lo podemos ver por las expresiones del texto, abarca a todas y cada una de las dimensiones de nuestra vida personal. Nos impulsa a una actitud de sometimiento y acercamiento a Dios, a la vez que nos da la necesaria fuerza para resistir al diablo y a nuestra propia naturaleza pecaminosa. Nos conduce a un profundo lamento (llorar y lamentar) y sincera tristeza al reconocer nuestro pecado, lo que nos lleva a una verdadera y arrepentida confesión como lo enseño el propio Jesucristo: “bienaventurado los que lloran, porque serán consolados” (Mt 5.4).
La humildad tiene una acción completa en nuestra vida, puesto que es el resultado de la gracia que el propio Dios la extendió hacia nosotros. La humildad no es una debilidad, sino que nos hace más fuertes para seguir caminando al lado de Dios, confesando arrepentidos a nuestros pecados, acercándonos más a él y a su palabra. Además, buscar la humildad sincera bajo la gracia de Dios en medio a un mundo de insinceridades, orgullos y soberbias en contra de Dios y de los seres humanos, se convierte en el camino misionero que tenemos ante todos nosotros.
¡Sigamos los pasos de la humildad!
St 4.7-10
Nuestra amistad y amor no las podemos dar al mundo (pecado) sino que solo a Dios, nuestro Señor y Salvador, como lo hemos visto en el texto anterior (4.4-6). La base para que dediquemos nuestro amor solo a Dios es la gracia que de él recibimos cuando asumimos una postura de humildad ante él y no de soberbia u orgullo (4.6). Esa actitud de permanente humildad conlleva varias implicaciones para nuestras vidas. Las podemos ver separadas en dos grupos: el primer a nivel personal (4.7-10) y el segundo en plan relacional (4.11-12). Empezaremos con el primer grupo.
El texto se compone de una interesante lista de actitudes personales que asumimos en consecuencia de la gracia recibida de Dios mediante la humildad con que le buscamos a diario. Las expresiones “someteos a Dios”, “resistid al diablo”, “acercaos a Dios”, “limpiaos las manos”, “purificad vuestro corazón” y “reconoced vuestras miserias” se relacionan y están en directa proporción con la afirmación final: “humillaos delante del Señor, y él os exaltará”, una repetición de la parte final de la cita de 4.6.
A nivel personal, por tanto, la humildad puede ser definida como la búsqueda más constante y profunda de Dios, una búsqueda que encuentra su objetivo puesto que la gracia de Dios se extiende como la plataforma desde dónde le buscamos y le encontramos. La humildad, como lo podemos ver por las expresiones del texto, abarca a todas y cada una de las dimensiones de nuestra vida personal. Nos impulsa a una actitud de sometimiento y acercamiento a Dios, a la vez que nos da la necesaria fuerza para resistir al diablo y a nuestra propia naturaleza pecaminosa. Nos conduce a un profundo lamento (llorar y lamentar) y sincera tristeza al reconocer nuestro pecado, lo que nos lleva a una verdadera y arrepentida confesión como lo enseño el propio Jesucristo: “bienaventurado los que lloran, porque serán consolados” (Mt 5.4).
La humildad tiene una acción completa en nuestra vida, puesto que es el resultado de la gracia que el propio Dios la extendió hacia nosotros. La humildad no es una debilidad, sino que nos hace más fuertes para seguir caminando al lado de Dios, confesando arrepentidos a nuestros pecados, acercándonos más a él y a su palabra. Además, buscar la humildad sincera bajo la gracia de Dios en medio a un mundo de insinceridades, orgullos y soberbias en contra de Dios y de los seres humanos, se convierte en el camino misionero que tenemos ante todos nosotros.
¡Sigamos los pasos de la humildad!
quarta-feira, 12 de maio de 2010
¿Amigos de Dios o del Mundo?
“¡Oh gente adúltera! ¿No sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Si alguien quiere ser amigo del mundo se vuelve enemigo de Dios. ¿O creéis que la Escritura dice en vano que Dios ama celosamente al espíritu que hizo morar en nosotros? Pero él nos da mayor ayuda con su gracia. Por eso dice la Escritura: ´Dios se opone a los orgullosos, pero da gracia a los humildes´.”
St 4.4-6
Con base en el trasfondo de los versos iniciales del capítulo 4, dónde Santiago contrasta la aparente religiosidad que uno intenta demostrar con verdadera realidad de las guerras y conflictos que armamos entre nosotros, ahora el autor bíblico nos lleva a pensar sobre los compromisos que mantenemos con el mundo (pecado) cuando actuamos de esa forma.
Santiago utiliza la dura palabra “¡Oh gente adúltera!” para definir nuestro intento de agradar a Dios y, a la vez, agradar al sistema humano de pecado (mundo) que lo llevamos dentro de nosotros y en las estructuras que creamos para vivir. Según él, es imposible que seamos amigos del sistema humano pecaminoso y del proyecto redentor de Dios a la vez. O nos comprometemos enteramente con Dios y luchamos contra el pecado, o estamos completamente comprometidos con el pecado y carecemos de la gracia salvadora de Dios.
No hay como compartir en nuestra vida la gracia de Dios y la presencia del Espíritu Santo con el compromiso y el amor por el pecado. ¡O una cosa u otra! Como cristianos que hemos recibido la gracia redentora de Dios y contamos con la presencia actuante del Espíritu Santo, nuestro compromiso con Dios está por encima de todas las cosas, principalmente del pecado. El Espíritu Santo, que Dios nos lo ha enviado y que mora en nosotros nos ama de forma muy intensa y nos ayuda, en todo momento, a vencer el pecado.
La ayuda constante del Espíritu Santo con su gracia nos lleva a comprender, como dice la Escritura citada por Santiago (Pv 3.34), que la humildad, y no el orgullo, es la plataforma desde donde la gracia de Dios actúa en nuestra vida y nos transforma. Si por un lado el orgullo nos aleja de Dios y nos acerca cada vez más al pecado, por otro lado la humildad es el camino de Dios y uno de los frutos de su gracia. Como personas humildes reconoceremos quienes realmente somos ante Dios y que actitudes debemos seguir en nuestra jornada a su lado. Más implicaciones de la humildad las veremos en el texto que sigue (4.7-12). Por ahora, tenemos ya con lo que pensar sobre a quién dedicamos nuestra amistad y amor: si a Dios o al mundo.
St 4.4-6
Con base en el trasfondo de los versos iniciales del capítulo 4, dónde Santiago contrasta la aparente religiosidad que uno intenta demostrar con verdadera realidad de las guerras y conflictos que armamos entre nosotros, ahora el autor bíblico nos lleva a pensar sobre los compromisos que mantenemos con el mundo (pecado) cuando actuamos de esa forma.
Santiago utiliza la dura palabra “¡Oh gente adúltera!” para definir nuestro intento de agradar a Dios y, a la vez, agradar al sistema humano de pecado (mundo) que lo llevamos dentro de nosotros y en las estructuras que creamos para vivir. Según él, es imposible que seamos amigos del sistema humano pecaminoso y del proyecto redentor de Dios a la vez. O nos comprometemos enteramente con Dios y luchamos contra el pecado, o estamos completamente comprometidos con el pecado y carecemos de la gracia salvadora de Dios.
No hay como compartir en nuestra vida la gracia de Dios y la presencia del Espíritu Santo con el compromiso y el amor por el pecado. ¡O una cosa u otra! Como cristianos que hemos recibido la gracia redentora de Dios y contamos con la presencia actuante del Espíritu Santo, nuestro compromiso con Dios está por encima de todas las cosas, principalmente del pecado. El Espíritu Santo, que Dios nos lo ha enviado y que mora en nosotros nos ama de forma muy intensa y nos ayuda, en todo momento, a vencer el pecado.
La ayuda constante del Espíritu Santo con su gracia nos lleva a comprender, como dice la Escritura citada por Santiago (Pv 3.34), que la humildad, y no el orgullo, es la plataforma desde donde la gracia de Dios actúa en nuestra vida y nos transforma. Si por un lado el orgullo nos aleja de Dios y nos acerca cada vez más al pecado, por otro lado la humildad es el camino de Dios y uno de los frutos de su gracia. Como personas humildes reconoceremos quienes realmente somos ante Dios y que actitudes debemos seguir en nuestra jornada a su lado. Más implicaciones de la humildad las veremos en el texto que sigue (4.7-12). Por ahora, tenemos ya con lo que pensar sobre a quién dedicamos nuestra amistad y amor: si a Dios o al mundo.
La Religiosidad y los Conflictos Entre Nosotros
“¿De dónde surgen las guerras y los conflictos entre vosotros? ¿No es precisamente de las pasiones que luchan dentro de vosotros mismos? Deseáis algo y no lo conseguís. Matáis y sentís envidia, y no podéis obtener lo que queréis. Reñís y os hacéis la guerra. No tenéis, porque no pedís. Y cuando pedís, no recibís porque pedís con malas intenciones, para satisfacer vuestras propias pasiones”
St 4.1-3
Las pasiones que luchan dentro de nosotros mismos no son más que la “envidia amarga y rivalidades en el corazón, el presumir y faltar a la verdad” (3.14); se trata del pecado de buscar la sabiduría que es “terrenal, puramente humana y diabólica” (3.15), la sabiduría que promueve las “envidias, rivalidades, confusión y toda clase de cosas malas” (3.16).
Con ese breve trasfondo comprendemos mejor el sentido de la pregunta hecha por Santiago: las guerras y los conflictos entre nosotros parten de estas mismas pasiones que guerrean dentro de nosotros. Nuestro corazón abriga las pasiones pecaminosas y se convierte en la fuente de dónde proceden todos los conflictos.
Es muy interesante la comparación que hace Santiago entre la religiosidad y las pasiones pecaminosas. Según él, la religiosidad que más cabida da al pecado es la que se empeña en conseguir de Dios que todas sus pasiones sean atendidas. Es el uso de la religión al servicio de nuestro pecado personal. Hacemos lo que haga falta, incluso matar (en todos los sentidos, no solo en su sentido literal y físico) para que la envidia amarga que llevamos dentro sea aplacada con el objeto de su deseo. Vale todo: reñimos y nos hacemos la guerra. Sin embargo, la paz y la sabiduría de la verdadera religión no la podemos alcanzar, porque seguimos e insistimos en pedir con malas intenciones para satisfacer a nuestras propias pasiones y deseos pecaminosos.
Pedir y no recibir es el fruto de una religiosidad basada en nuestras pasiones e intenciones pecadoras. Pedir y no recibir es el resultado de una vida que, aunque se esfuerce en parecer cristiana, está ciertamente comprometida con su propio pecado y sus consecuentes pasiones personales. Pedir y no recibir es la demonstración clara de las guerras y conflictos que vivimos entre nosotros. Es preciso que un cambio radical sea producido en nuestras vidas por la acción de Cristo para que el ardor del pecado sea apagado por la eficacia de la obra redentora de Cristo.
Caminemos juntos, no entre guerras y conflictos, ni buscando en los demás la satisfacción de nuestras pasiones, sino que ante todo en sabiduría “pura, pacífica, bondadosa, dócil, llena de compasión y de buenos frutos, imparcial y sincera” (3.17).
St 4.1-3
Las pasiones que luchan dentro de nosotros mismos no son más que la “envidia amarga y rivalidades en el corazón, el presumir y faltar a la verdad” (3.14); se trata del pecado de buscar la sabiduría que es “terrenal, puramente humana y diabólica” (3.15), la sabiduría que promueve las “envidias, rivalidades, confusión y toda clase de cosas malas” (3.16).
Con ese breve trasfondo comprendemos mejor el sentido de la pregunta hecha por Santiago: las guerras y los conflictos entre nosotros parten de estas mismas pasiones que guerrean dentro de nosotros. Nuestro corazón abriga las pasiones pecaminosas y se convierte en la fuente de dónde proceden todos los conflictos.
Es muy interesante la comparación que hace Santiago entre la religiosidad y las pasiones pecaminosas. Según él, la religiosidad que más cabida da al pecado es la que se empeña en conseguir de Dios que todas sus pasiones sean atendidas. Es el uso de la religión al servicio de nuestro pecado personal. Hacemos lo que haga falta, incluso matar (en todos los sentidos, no solo en su sentido literal y físico) para que la envidia amarga que llevamos dentro sea aplacada con el objeto de su deseo. Vale todo: reñimos y nos hacemos la guerra. Sin embargo, la paz y la sabiduría de la verdadera religión no la podemos alcanzar, porque seguimos e insistimos en pedir con malas intenciones para satisfacer a nuestras propias pasiones y deseos pecaminosos.
Pedir y no recibir es el fruto de una religiosidad basada en nuestras pasiones e intenciones pecadoras. Pedir y no recibir es el resultado de una vida que, aunque se esfuerce en parecer cristiana, está ciertamente comprometida con su propio pecado y sus consecuentes pasiones personales. Pedir y no recibir es la demonstración clara de las guerras y conflictos que vivimos entre nosotros. Es preciso que un cambio radical sea producido en nuestras vidas por la acción de Cristo para que el ardor del pecado sea apagado por la eficacia de la obra redentora de Cristo.
Caminemos juntos, no entre guerras y conflictos, ni buscando en los demás la satisfacción de nuestras pasiones, sino que ante todo en sabiduría “pura, pacífica, bondadosa, dócil, llena de compasión y de buenos frutos, imparcial y sincera” (3.17).
quarta-feira, 28 de abril de 2010
Una Sabiduría Transformadora (2)
“En cambio, la sabiduría que desciende del cielo es ante todo pura, y además pacífica, bondadosa, dócil, llena de compasión y de buenos frutos, imparcial y sincera. En fin, el fruto de la justicia se siembra en paz para los que hacen la paz”
St 3.17-18
En el texto anterior Santiago se dedica a señalarnos los problemas que nos trae la falsa sabiduría. Según él, “envidias amargas y rivalidades en el corazón” producen “confusión y toda clase de acciones malvadas”. Se trata de una sabiduría contraria a Dios que solo busca los intereses egoístas de uno (3.13-16).
Ahora, “en cambio”, nos presenta la verdadera sabiduría que podemos recibir de Dios. Si lo notamos bien, todos los elementos que la caracterizan tiene que ver con la actitud personal de uno en relación a los demás: “pura, pacífica, bondadosa, dócil, llena de compasión y buenos frutos, imparcial y sincera” (3.17). Así, la sabiduría de Dios tiene que ver con la capacidad (dada por él) de aplicar, a diario y consistentemente, en nuestra conducta y relaciones las “buenas obras hechas con humildad” (3.13) del conocimiento que viene del estudio de su palabra.
El sabio y el entendido, al final, es el que vive coherentemente con los principios de la palabra de Dios. Es el que demuestra la pureza de sus intenciones, la bondad y la compasión de sus acciones, la sinceridad y la imparcialidad de sus relaciones personales. Por tanto, la sabiduría es mensurable y se puede medir por medio de los frutos que producimos (“por sus frutos los conoceréis” – Mt 7.16); cuando vivimos bajo la sabiduría de Dios, y no la humana, otras personas pueden recibir las bendiciones de Dios por medio nuestro, y así nosotros también nos sentimos muy bendecidos.
Eso es lo que, seguramente, significa las palabras del verso 18: como resultado de vivir uno los elementos de la sabiduría divina, “el fruto de la justicia se siembra en paz para los que hacen la paz”. En otras palabras, si sembramos la paz y la reconciliación (el fin de la guerra y de los conflictos) cosecharemos la justicia de Dios para nosotros mismos y para otras personas. Vivir la sabiduría de Dios tiene que ver con la comunicación de su justicia y con la obra de Cristo de justificar a muchos ante Dios. El sabio, por tanto, anuncia el evangelio de Jesucristo por la forma como vive y como habla. ¡Busquemos a diario una vida de sabiduría!
St 3.17-18
En el texto anterior Santiago se dedica a señalarnos los problemas que nos trae la falsa sabiduría. Según él, “envidias amargas y rivalidades en el corazón” producen “confusión y toda clase de acciones malvadas”. Se trata de una sabiduría contraria a Dios que solo busca los intereses egoístas de uno (3.13-16).
Ahora, “en cambio”, nos presenta la verdadera sabiduría que podemos recibir de Dios. Si lo notamos bien, todos los elementos que la caracterizan tiene que ver con la actitud personal de uno en relación a los demás: “pura, pacífica, bondadosa, dócil, llena de compasión y buenos frutos, imparcial y sincera” (3.17). Así, la sabiduría de Dios tiene que ver con la capacidad (dada por él) de aplicar, a diario y consistentemente, en nuestra conducta y relaciones las “buenas obras hechas con humildad” (3.13) del conocimiento que viene del estudio de su palabra.
El sabio y el entendido, al final, es el que vive coherentemente con los principios de la palabra de Dios. Es el que demuestra la pureza de sus intenciones, la bondad y la compasión de sus acciones, la sinceridad y la imparcialidad de sus relaciones personales. Por tanto, la sabiduría es mensurable y se puede medir por medio de los frutos que producimos (“por sus frutos los conoceréis” – Mt 7.16); cuando vivimos bajo la sabiduría de Dios, y no la humana, otras personas pueden recibir las bendiciones de Dios por medio nuestro, y así nosotros también nos sentimos muy bendecidos.
Eso es lo que, seguramente, significa las palabras del verso 18: como resultado de vivir uno los elementos de la sabiduría divina, “el fruto de la justicia se siembra en paz para los que hacen la paz”. En otras palabras, si sembramos la paz y la reconciliación (el fin de la guerra y de los conflictos) cosecharemos la justicia de Dios para nosotros mismos y para otras personas. Vivir la sabiduría de Dios tiene que ver con la comunicación de su justicia y con la obra de Cristo de justificar a muchos ante Dios. El sabio, por tanto, anuncia el evangelio de Jesucristo por la forma como vive y como habla. ¡Busquemos a diario una vida de sabiduría!
terça-feira, 27 de abril de 2010
Una Sabiduría Transformadora
“¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Que lo demuestre con su buena conducta, mediante obras hechas con la humildad que le da su sabiduría. Pero si tenéis envidias amargas y rivalidades en el corazón, dejad de presumir y de faltar a la verdad. Ésa no es la sabiduría que desciende del cielo, sino que es terrenal, puramente humana y diabólica. Porque dónde hay envidias y rivalidades, también hay confusión y toda clase de acciones malvadas”
St 3.13-16
Desde el inicio del capítulo Santiago viene tratando de la importancia de un lenguaje consagrado al Señor, de la necesidad de aprender a domar a nuestra propia lengua y de ver en lo que decimos (su forma y su contenido) una expresión de la vida de Dios en nosotros. Ahora, sin cambiar radicalmente de tema, el autor menciona una de las implicaciones más importantes del uso de la lengua. Lo hace respondiendo a la pregunta: “¿quién es sabio y entendido entre vosotros?”
Nos puede parecer claro que el sabio y el entendido es el que tiene acumulado una enorme cantidad de informaciones que pueden ser manejadas de forma a que le sea útil en todos los sentidos. Sin embargo, la respuesta de Santiago va por otro camino bastante distinto: el sabio es el que demuestra su sabiduría a través de su buena conducta y con obras concretas hechas con la humildad que recibe de la propia sabiduría que tiene.
La verdadera sabiduría es transformadora, cambia la forma como entendemos la vida, nos hace reconocer que Dios está por encima de todos y de todas las situaciones y nos lleva a vivir en coherencia con esa grandeza (a eso llamamos humildad). La verdadera sabiduría se traduce necesariamente en obras, actitudes y decisiones.
De forma más específica en estos versos, Santiago nos ayuda a ver que la sabiduría de Dios transforma nuestras relaciones humanas, generando parámetros que se destinan a crear una nueva plataforma dónde podamos convivir como pueblo de Dios. Antes de presentarnos los elementos de la sabiduría que generan esa convivencia fraterna y comprometida (3.17-18), Santiago nos señala los problemas que la falsa sabiduría (en la que solo buscamos nuestra propia felicidad e intereses personales) nos trae. Según él, “envidias amargas y rivalidades en el corazón” producen “confusión y toda clase de acciones malvadas”. Tales cosas pueden ser clasificadas como contrarias a la sabiduría de Dios, se trata de una sabiduría meramente humana y, según él, hasta diabólica.
La verdadera sabiduría de Dios empieza cuando comprendemos estas cosas y confesamos sinceramente nuestras intenciones y acciones a Dios, buscando a diario la humildad y una buena conducta hacia a los demás. La mutualidad en vivir los principios de la sabiduría, entre todos los hermanos, es uno de los pilares que sustentan la iglesia en todos los embates que sufre. Se convierte, así, en una fuerza evangelizadora por demonstrar la gracia de Dios en la convivencia cristiana.
St 3.13-16
Desde el inicio del capítulo Santiago viene tratando de la importancia de un lenguaje consagrado al Señor, de la necesidad de aprender a domar a nuestra propia lengua y de ver en lo que decimos (su forma y su contenido) una expresión de la vida de Dios en nosotros. Ahora, sin cambiar radicalmente de tema, el autor menciona una de las implicaciones más importantes del uso de la lengua. Lo hace respondiendo a la pregunta: “¿quién es sabio y entendido entre vosotros?”
Nos puede parecer claro que el sabio y el entendido es el que tiene acumulado una enorme cantidad de informaciones que pueden ser manejadas de forma a que le sea útil en todos los sentidos. Sin embargo, la respuesta de Santiago va por otro camino bastante distinto: el sabio es el que demuestra su sabiduría a través de su buena conducta y con obras concretas hechas con la humildad que recibe de la propia sabiduría que tiene.
La verdadera sabiduría es transformadora, cambia la forma como entendemos la vida, nos hace reconocer que Dios está por encima de todos y de todas las situaciones y nos lleva a vivir en coherencia con esa grandeza (a eso llamamos humildad). La verdadera sabiduría se traduce necesariamente en obras, actitudes y decisiones.
De forma más específica en estos versos, Santiago nos ayuda a ver que la sabiduría de Dios transforma nuestras relaciones humanas, generando parámetros que se destinan a crear una nueva plataforma dónde podamos convivir como pueblo de Dios. Antes de presentarnos los elementos de la sabiduría que generan esa convivencia fraterna y comprometida (3.17-18), Santiago nos señala los problemas que la falsa sabiduría (en la que solo buscamos nuestra propia felicidad e intereses personales) nos trae. Según él, “envidias amargas y rivalidades en el corazón” producen “confusión y toda clase de acciones malvadas”. Tales cosas pueden ser clasificadas como contrarias a la sabiduría de Dios, se trata de una sabiduría meramente humana y, según él, hasta diabólica.
La verdadera sabiduría de Dios empieza cuando comprendemos estas cosas y confesamos sinceramente nuestras intenciones y acciones a Dios, buscando a diario la humildad y una buena conducta hacia a los demás. La mutualidad en vivir los principios de la sabiduría, entre todos los hermanos, es uno de los pilares que sustentan la iglesia en todos los embates que sufre. Se convierte, así, en una fuerza evangelizadora por demonstrar la gracia de Dios en la convivencia cristiana.
segunda-feira, 12 de abril de 2010
La Lengua y el Pecado Humano
“El ser humano sabe domar y, en efecto, ha domado toda clase de fieras, de aves, de reptiles y de bestias marinas; pero nadie puede domar la lengua. Es un mal irrefrenable, lleno de veneno mortal. Con la lengua bendecimos a nuestro Señor y Padre, y con ella maldecimos a las personas, creadas a imagen de Dios. De una misma boca salen bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así. ¿Puede acaso brotar de una misma fuente agua dulce y agua salada? Hermanos míos, ¿acaso puede dar aceitunas una higuera o higos una vid? Pues tampoco una fuente de agua salada puede dar agua dulce.
St 3.7-12
En el texto anterior vemos que Santiago se utilizó de tres ejemplos para explicar la importancia de controlar lo que uno dice (la lengua): el freno que controla el caballo, el timón que guía a los barcos y la chispa que incendia un gran bosque. Ahora, con otros ejemplos, el autor nos muestra que por medio de la lengua se manifiesta toda nuestra naturaleza pecaminosa: la forma y el contenido de lo que uno dice “es un mal irrefrenable, lleno de veneno mortal”. Eso claramente indica que el pecado humano se manifiesta siempre por lo que decimos, puesto que nadie puede dominar su propia naturaleza pecaminosa, aun que sepamos como domar toda clase de fieras del reino animal.
Otra forma de expresar el pecado humano por medio de lo que decimos es que “con la lengua bendecimos a nuestro Señor y Padre, y con ella maldecimos a las personas creadas a imagen de Dios”. Esta contradicción es suficiente para mostrarnos la dimensión verbal que asume nuestro propio pecado. Obviamente, si maldecimos a las personas creadas por Dios, ¿cómo esperamos que al bendecir a Dios lo hagamos de corazón? Según Santiago eso sería imposible, puesto que de la misma fuente no puede brotar agua duce e salada a la vez, ni una higuera dar aceitunas, ni higos una vid.
Este concepto está también muy claro en las palabras de Jesús (Lc 6.43-45): reconocemos el árbol por su fruto, sea bueno o sea malo. “El que es bueno, de la bondad que atesora en el corazón produce el bien; pero el que es malo, de su maldad produce el mal, porque de lo que abunda en el corazón habla la boca.” Todos somos malos y pecadores y eso sale inevitablemente por la forma y el contenido de nuestras palabras. Sin duda, cuando alcanzados por la gracia redentora de Dios, que “nos da vida con Cristo aun cuando estábamos muertos en pecados” (Ef 2.4-5) podemos mostrar “la incomparable riqueza de su gracia” (Ef 2.7) por la forma como nuestros pensamientos y conceptos son transformados y por como consagramos nuestras palabras a Dios.
En ese sentido, la lengua manifiesta lo que somos en verdad: pecadores que todavía siguen bajo el total control de su alejamiento de Dios o pecadores ya alcanzados por la gracia y la redención de Cristo que le consagran toda su vida.
St 3.7-12
En el texto anterior vemos que Santiago se utilizó de tres ejemplos para explicar la importancia de controlar lo que uno dice (la lengua): el freno que controla el caballo, el timón que guía a los barcos y la chispa que incendia un gran bosque. Ahora, con otros ejemplos, el autor nos muestra que por medio de la lengua se manifiesta toda nuestra naturaleza pecaminosa: la forma y el contenido de lo que uno dice “es un mal irrefrenable, lleno de veneno mortal”. Eso claramente indica que el pecado humano se manifiesta siempre por lo que decimos, puesto que nadie puede dominar su propia naturaleza pecaminosa, aun que sepamos como domar toda clase de fieras del reino animal.
Otra forma de expresar el pecado humano por medio de lo que decimos es que “con la lengua bendecimos a nuestro Señor y Padre, y con ella maldecimos a las personas creadas a imagen de Dios”. Esta contradicción es suficiente para mostrarnos la dimensión verbal que asume nuestro propio pecado. Obviamente, si maldecimos a las personas creadas por Dios, ¿cómo esperamos que al bendecir a Dios lo hagamos de corazón? Según Santiago eso sería imposible, puesto que de la misma fuente no puede brotar agua duce e salada a la vez, ni una higuera dar aceitunas, ni higos una vid.
Este concepto está también muy claro en las palabras de Jesús (Lc 6.43-45): reconocemos el árbol por su fruto, sea bueno o sea malo. “El que es bueno, de la bondad que atesora en el corazón produce el bien; pero el que es malo, de su maldad produce el mal, porque de lo que abunda en el corazón habla la boca.” Todos somos malos y pecadores y eso sale inevitablemente por la forma y el contenido de nuestras palabras. Sin duda, cuando alcanzados por la gracia redentora de Dios, que “nos da vida con Cristo aun cuando estábamos muertos en pecados” (Ef 2.4-5) podemos mostrar “la incomparable riqueza de su gracia” (Ef 2.7) por la forma como nuestros pensamientos y conceptos son transformados y por como consagramos nuestras palabras a Dios.
En ese sentido, la lengua manifiesta lo que somos en verdad: pecadores que todavía siguen bajo el total control de su alejamiento de Dios o pecadores ya alcanzados por la gracia y la redención de Cristo que le consagran toda su vida.
quarta-feira, 17 de março de 2010
Los Pecados de la Lengua y la Confesión Transformadora
“Cuando ponemos freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, podemos controlar todo el animal. Fijaos también en los barcos. A pesar de ser tan grandes y de ser impulsados por fuertes vientos, se gobiernan por un pequeño timón a voluntad del piloto. Así también la lengua es un miembro muy pequeño del cuerpo, pero hace alarde de grandes hazañas. ¡Imaginaos que gran bosque se incendia con tan pequeña chispa! También la lengua es un fuego, un mundo de maldad. Siendo uno de nuestros órganos, contamina todo el cuerpo y, encendida por el infierno, prende a su vez fuego a todo el curso de la vida”
St 3.3-6
Santiago se utiliza de ejemplos comunes para ayudarnos a entender mejor que la forma y el contenido de lo que uno dice (la lengua) tiene una importancia muy grande en nuestras vidas y, especialmente, en la espiritualidad cristiana. El freno con el que se puede controlar la fuerza de los caballos y el timón con que el piloto maneja a grandes barcos son instrumentos pequeños pero con un gran poder. Con ellos uno puede lograr grandes conquistas o echarlo todo a perder. La misma idea es la de la chispa que incendia a todo un busque.
La comparación con la forma y el contenido de lo que uno dice (la lengua) es muy clara: con una pequeña palabra o con pocas palabras se puede edificar o destruir, conquistar o perder. La intención de Santiago es alertarnos para la posibilidad de que por medio de lo que decimos podamos “prender fuego a todo el curso de la vida”.
Cuando comenta del “alarde de grandes hazañas”, Santiago nos ayuda a ver que la base del mal uso de las palabras es el egoísmo y el orgullo personal. Es el deseo de ser más grande y mejor que los demás y así manipular, dañar y vengarse… Como “todos fallamos mucho” (3.2) en las intenciones y en la forma como usamos las palabras para manipular y dañar a los demás (¡incluso a los que queremos!), es importante que estemos alertas cuanto al pecado de prenderle fuego al curso de la vida de otras personas, puesto que así lo hacemos también a la nuestra.
Eso nos hace pensar en la responsabilidad que recibimos de Dios en cuanto al uso de las palabras. Esta responsabilidad empieza con la transformadora confesión de este pecado, con la consagración a Dios del uso y de las intenciones de nuestras palabras y con la misión cristiana de llevarles a las demás personas la palabra de Dios por medio de nuestras vidas y palabras humanas.
St 3.3-6
Santiago se utiliza de ejemplos comunes para ayudarnos a entender mejor que la forma y el contenido de lo que uno dice (la lengua) tiene una importancia muy grande en nuestras vidas y, especialmente, en la espiritualidad cristiana. El freno con el que se puede controlar la fuerza de los caballos y el timón con que el piloto maneja a grandes barcos son instrumentos pequeños pero con un gran poder. Con ellos uno puede lograr grandes conquistas o echarlo todo a perder. La misma idea es la de la chispa que incendia a todo un busque.
La comparación con la forma y el contenido de lo que uno dice (la lengua) es muy clara: con una pequeña palabra o con pocas palabras se puede edificar o destruir, conquistar o perder. La intención de Santiago es alertarnos para la posibilidad de que por medio de lo que decimos podamos “prender fuego a todo el curso de la vida”.
Cuando comenta del “alarde de grandes hazañas”, Santiago nos ayuda a ver que la base del mal uso de las palabras es el egoísmo y el orgullo personal. Es el deseo de ser más grande y mejor que los demás y así manipular, dañar y vengarse… Como “todos fallamos mucho” (3.2) en las intenciones y en la forma como usamos las palabras para manipular y dañar a los demás (¡incluso a los que queremos!), es importante que estemos alertas cuanto al pecado de prenderle fuego al curso de la vida de otras personas, puesto que así lo hacemos también a la nuestra.
Eso nos hace pensar en la responsabilidad que recibimos de Dios en cuanto al uso de las palabras. Esta responsabilidad empieza con la transformadora confesión de este pecado, con la consagración a Dios del uso y de las intenciones de nuestras palabras y con la misión cristiana de llevarles a las demás personas la palabra de Dios por medio de nuestras vidas y palabras humanas.
segunda-feira, 15 de março de 2010
La Consagración a Dios de Nuestra Lengua
“Hermanos míos, no pretendáis muchos de vosotros ser maestros, pues, como sabéis, seremos juzgados con más severidad. Todos fallamos mucho. Si alguien nunca falla en lo que dice, es una persona perfecta, capaz también de controlar todo su cuerpo”
St 3.1-2
Santiago empieza a tratar del tema de la lengua, o sea, de lo que uno dice y de cómo lo dice. El texto se extiende hasta el verso 12, pero en estos dos primeros versos lo vemos introduciendo el asunto y estableciendo sus bases. En ese sentido, Santiago nos ayuda a entender que el tema de la lengua se relaciona con la enseñanza de la palabra de Dios y con el pecado.
Cuanto a la enseñanza de la palabra de Dios, vemos en el texto que es mejor que uno no pretenda asumir la función de maestro, puesto que éstos serán juzgados con más severidad. Eso tiene que ver con la seriedad con que los hermanos llamados por Dios para enseñar su palabra deben asumir su vocación: enseñar las Escrituras, aun que sea un privilegio dado por Dios, exige por un lado una gran dedicación al estudio de innumerables áreas del conocimiento y, por otro, exige fidelidad y coherencia entre lo que vivimos y decimos con los principios del Reino de Dios y de su palabra.
Pero Santiago también nos ayuda a entender que la forma y el contenido de lo que uno dice (la lengua) reflejan el pecado que llevamos en nuestra propia naturaleza humana: “todos fallamos mucho”. Ciertamente que se refiere, en un primer momento, a nuestros fallos relacionados con la lengua. Cuando consagramos nuestra lengua al Señor y la usamos para bendecir y edificar a los demás caminamos hacia una experiencia más completa como personas y como cristianos. Además, al consagrar nuestra lengua a Dios conlleva la capacidad de controlar todo nuestro cuerpo, o sea, de consagrar también a Dios todas las demás dimensiones de nuestra vida. La perfección mencionada por Santiago tiene que ver, sin duda, con esa permanente consagración (arrepentimiento, confesión, transformación) de toda nuestra vida a Dios, siendo la forma y los contenidos de nuestras palabras la dimensión inicial.
Al leer estos versos iniciales nos quedamos, entonces, con una importante pregunta: ¿Cuánto de nuestra lengua se mantiene cada día consagrada a Dios y su servicio?
St 3.1-2
Santiago empieza a tratar del tema de la lengua, o sea, de lo que uno dice y de cómo lo dice. El texto se extiende hasta el verso 12, pero en estos dos primeros versos lo vemos introduciendo el asunto y estableciendo sus bases. En ese sentido, Santiago nos ayuda a entender que el tema de la lengua se relaciona con la enseñanza de la palabra de Dios y con el pecado.
Cuanto a la enseñanza de la palabra de Dios, vemos en el texto que es mejor que uno no pretenda asumir la función de maestro, puesto que éstos serán juzgados con más severidad. Eso tiene que ver con la seriedad con que los hermanos llamados por Dios para enseñar su palabra deben asumir su vocación: enseñar las Escrituras, aun que sea un privilegio dado por Dios, exige por un lado una gran dedicación al estudio de innumerables áreas del conocimiento y, por otro, exige fidelidad y coherencia entre lo que vivimos y decimos con los principios del Reino de Dios y de su palabra.
Pero Santiago también nos ayuda a entender que la forma y el contenido de lo que uno dice (la lengua) reflejan el pecado que llevamos en nuestra propia naturaleza humana: “todos fallamos mucho”. Ciertamente que se refiere, en un primer momento, a nuestros fallos relacionados con la lengua. Cuando consagramos nuestra lengua al Señor y la usamos para bendecir y edificar a los demás caminamos hacia una experiencia más completa como personas y como cristianos. Además, al consagrar nuestra lengua a Dios conlleva la capacidad de controlar todo nuestro cuerpo, o sea, de consagrar también a Dios todas las demás dimensiones de nuestra vida. La perfección mencionada por Santiago tiene que ver, sin duda, con esa permanente consagración (arrepentimiento, confesión, transformación) de toda nuestra vida a Dios, siendo la forma y los contenidos de nuestras palabras la dimensión inicial.
Al leer estos versos iniciales nos quedamos, entonces, con una importante pregunta: ¿Cuánto de nuestra lengua se mantiene cada día consagrada a Dios y su servicio?
quinta-feira, 25 de fevereiro de 2010
Fe y Obras en Equilibrio en la Vida Cristiana
“¡Qué tonto eres! ¿Quieres convencerte de que la fe sin obras es estéril? ¿No fue declarado justo nuestro padre Abraham por lo que hizo cuando ofreció sobre el altar a su hijo Isaac? Ya lo ves: Su fe y sus obras actuaban conjuntamente, y su fe llegó a la perfección por las obras que hizo. Así se cumplió la Escritura que dice: `Creyó Abraham a Dios, y eso se le tomó en cuenta como justicia`, y fue llamado amigo de Dios. Como podéis ver, a una persona se la declara justa por las obras, y no solo por la fe. De igual manera, ¿no fue declarada justa por las obras aun la prostituta Rajab, cuando hospedó a los espías y les ayudó a huir por otro camino? Pues como el cuerpo sin el espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta”
St 2.20-26
La relación entre la fe y las obras en la vida cristiana sigue siendo el tema de que trata Santiago en este texto. Su intención ahora que la fe y las obras actúan conjuntamente en la experiencia cristiana (2.22), como si fueran las dos caras de una moneda. Procura mostrarnos la importancia del equilibrio que hay en la relación entre fe y obras con dos ejemplos muy interesantes.
El primer ejemplo es el de Abraham, uno de los patriarcas más importantes del Antiguo Testamento. Se trataba de un hombre de mucha fe y de muchas obras, habiendo sido llamado “amigo de Dios” (2.23), como lo constatamos al leer su historia. El ejemplo dado de Abraham tiene que ver con haber ofrecido a Dios a su propio hijo sobre el altar. Quizás haya sido una de las experiencias más duras por la que ha pasado el amigo de Dios, pero estaba sinceramente dispuesto a sacrificar a su hijo como lo había pedido Dios. ¡Su fe y sus obras estaban en prueba! Y por medio de su actitud (obras) como reflejo de la fe que tenía, ha sido perfeccionado en su relación y compromiso con Dios.
El segundo ejemplo dado por Santiago ha sido el de la prostituta Rajab. Sin duda no ha sido la persona más santa de su pueblo, pero cuando conoció a Dios por el testimonio de los espías surgió una fe tan vigorosa en su vida que la hizo enfrentarse a los de su pueblo, hospedando a los espías y ayudándoles a huir por otro camino. Lo que hizo Rajab tenía todo que ver con la fe que recibió y su consecuente compromiso con Dios.
Estos dos ejemplos, de personas tan distintas entre sí, nos ayudan a comprender lo que nos enseña Santiago: la fe y las obras, cuando verdaderas, siempre actúan conjuntamente y en perfecto equilibrio. No pueden ser separadas, “pues como el cuerpo sin el espíritu está muerto, así también la fe sin las obras está muerta” (2.26). La enseñanza está muy clara: lo que creemos formatea nuestra vida por completo (lo que pensamos, sentimos, deseamos), determina la forma como vivimos, influye decididamente en las decisiones que tomamos y crea el espacio donde se producen nuestras relaciones y se dan nuestros compromisos. Por otro lado, la manera como vivimos es un libro abierto donde todos pueden leer con mucha claridad la clase de fe que tenemos.
En ese sentido, o nuestras obras son evangelizadoras o comprometen de forma negativa la visión de Dios que les damos a los demás. Por eso, sigamos firmes en fe y obras nuestro camino con Dios.
St 2.20-26
La relación entre la fe y las obras en la vida cristiana sigue siendo el tema de que trata Santiago en este texto. Su intención ahora que la fe y las obras actúan conjuntamente en la experiencia cristiana (2.22), como si fueran las dos caras de una moneda. Procura mostrarnos la importancia del equilibrio que hay en la relación entre fe y obras con dos ejemplos muy interesantes.
El primer ejemplo es el de Abraham, uno de los patriarcas más importantes del Antiguo Testamento. Se trataba de un hombre de mucha fe y de muchas obras, habiendo sido llamado “amigo de Dios” (2.23), como lo constatamos al leer su historia. El ejemplo dado de Abraham tiene que ver con haber ofrecido a Dios a su propio hijo sobre el altar. Quizás haya sido una de las experiencias más duras por la que ha pasado el amigo de Dios, pero estaba sinceramente dispuesto a sacrificar a su hijo como lo había pedido Dios. ¡Su fe y sus obras estaban en prueba! Y por medio de su actitud (obras) como reflejo de la fe que tenía, ha sido perfeccionado en su relación y compromiso con Dios.
El segundo ejemplo dado por Santiago ha sido el de la prostituta Rajab. Sin duda no ha sido la persona más santa de su pueblo, pero cuando conoció a Dios por el testimonio de los espías surgió una fe tan vigorosa en su vida que la hizo enfrentarse a los de su pueblo, hospedando a los espías y ayudándoles a huir por otro camino. Lo que hizo Rajab tenía todo que ver con la fe que recibió y su consecuente compromiso con Dios.
Estos dos ejemplos, de personas tan distintas entre sí, nos ayudan a comprender lo que nos enseña Santiago: la fe y las obras, cuando verdaderas, siempre actúan conjuntamente y en perfecto equilibrio. No pueden ser separadas, “pues como el cuerpo sin el espíritu está muerto, así también la fe sin las obras está muerta” (2.26). La enseñanza está muy clara: lo que creemos formatea nuestra vida por completo (lo que pensamos, sentimos, deseamos), determina la forma como vivimos, influye decididamente en las decisiones que tomamos y crea el espacio donde se producen nuestras relaciones y se dan nuestros compromisos. Por otro lado, la manera como vivimos es un libro abierto donde todos pueden leer con mucha claridad la clase de fe que tenemos.
En ese sentido, o nuestras obras son evangelizadoras o comprometen de forma negativa la visión de Dios que les damos a los demás. Por eso, sigamos firmes en fe y obras nuestro camino con Dios.
segunda-feira, 22 de fevereiro de 2010
El Equilibrio Entre la Fe y las Obras
“Sin embargo, alguien dirá: ‘Tú tienes fe, y yo tengo obras.’ Pues bien, muéstrame tu fe sin las obras, y yo te mostraré la fe por mis obras. ¿Tú crees que hay un solo Dios? ¡Magnífico! También los demonios lo creen, y tiemblan.”
St 2.18-19
Seguimos a Santiago en su discurso cuanto a la relación entre la fe y las obras. Ya hemos visto (2.14-17) que la fe (justicia) y las obras (misericordia) juntas forman una sola experiencia de vida cristiana, le da sentido y, además, testimonian la propia salvación que recibimos de Cristo. Ahora, el autor nos ayuda a entender que no podemos pensar que la fe sea simplemente el hecho de que aceptamos determinados enunciados teológicos. Todo por el contrario: la verdadera fe se expresa por claras actitudes de misericordia (obras) en relación a los demás.
Santiago nos presenta un reto: ¿existe una verdadera fe sin obras? ¡Está claro que no! Según él, la fe solo se puede expresar por medio de actitudes concretas de misericordia hacia a los demás. Lo que creemos acerca de Dios, del evangelio y de la salvación solo será visible y concreto a los demás cuando lo vean por medio de la forma como vivimos. Eso tiene una profunda implicación para la misión de la iglesia: sin la integración de lo que uno cree (fe) con lo que uno vive (obras), el mundo no encontrará sentido en lo que decimos. A esta integración de la fe con las obras la podemos considerar como el núcleo de la evangelización.
El ejemplo que nos da Santiago puede que nos parezca un poco radical, pero según él no hay un valor intrínseco en el hecho de “creer” si esta fe viene descomprometida con la manera como la expresamos en la forma como vivimos y nos relacionamos. Creer que hay un solo Dios es una creencia correcta y es bueno que tengamos convicciones correctas acerca de Dios, pero hasta los demonios también creen en un solo Dios, tiemblan de temor ante él sin que eso cambie sus vidas…
La verdadera fe es, a la vez, creer correctamente en los principios y conceptos de la Biblia y vivir a diario una vida transformada por estos principios y conceptos en nuestra relación con Dios, con nosotros mismos y con las demás personas. Así, encontramos el equilibrio entre lo que uno cree (fe) y lo que uno vive (obras).
St 2.18-19
Seguimos a Santiago en su discurso cuanto a la relación entre la fe y las obras. Ya hemos visto (2.14-17) que la fe (justicia) y las obras (misericordia) juntas forman una sola experiencia de vida cristiana, le da sentido y, además, testimonian la propia salvación que recibimos de Cristo. Ahora, el autor nos ayuda a entender que no podemos pensar que la fe sea simplemente el hecho de que aceptamos determinados enunciados teológicos. Todo por el contrario: la verdadera fe se expresa por claras actitudes de misericordia (obras) en relación a los demás.
Santiago nos presenta un reto: ¿existe una verdadera fe sin obras? ¡Está claro que no! Según él, la fe solo se puede expresar por medio de actitudes concretas de misericordia hacia a los demás. Lo que creemos acerca de Dios, del evangelio y de la salvación solo será visible y concreto a los demás cuando lo vean por medio de la forma como vivimos. Eso tiene una profunda implicación para la misión de la iglesia: sin la integración de lo que uno cree (fe) con lo que uno vive (obras), el mundo no encontrará sentido en lo que decimos. A esta integración de la fe con las obras la podemos considerar como el núcleo de la evangelización.
El ejemplo que nos da Santiago puede que nos parezca un poco radical, pero según él no hay un valor intrínseco en el hecho de “creer” si esta fe viene descomprometida con la manera como la expresamos en la forma como vivimos y nos relacionamos. Creer que hay un solo Dios es una creencia correcta y es bueno que tengamos convicciones correctas acerca de Dios, pero hasta los demonios también creen en un solo Dios, tiemblan de temor ante él sin que eso cambie sus vidas…
La verdadera fe es, a la vez, creer correctamente en los principios y conceptos de la Biblia y vivir a diario una vida transformada por estos principios y conceptos en nuestra relación con Dios, con nosotros mismos y con las demás personas. Así, encontramos el equilibrio entre lo que uno cree (fe) y lo que uno vive (obras).
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